lunes, 5 de diciembre de 2016

Entre encinas y quejigos en Olóriz




Domingo, 4 de diciembre de 2016

La mañana está fría y gris. De invierno. Para estos días raros tengo guardadas algunas de las joyas que el amigo Sergismundo me regala de vez en cuando. La excursión de hoy es corta y llana. Además del tiempo, las piernas de Juanjo y las mías, por distintas razones, no están en su mejor momento, así que iremos a Oricin y visitaremos las "Encinas de Olóriz" , que fueron declaradas en el año 2009 Monumento Natural por el Gobierno de Navarra.

Son las 08,00 horas. Magán marca 8º. Cae una lluvia fina, casi imperceptible. 

Lo indicado es que en diciembre haga frío, y quédese el calor para el estío. 

En Oricin no vemos a nadie. Aparcamos cerca de la iglesia de San Andrés y salimos del pueblo.



Diez minutos más tarde llegamos a la ermita de San Gregorio. Está cerrada. 


Tiene adosado el cementerio en el que hay solamente una lápida. 
Cruzamos la carretera y nos adentramos por un viejo camino. 


Nos quedamos sin palabras. Estamos en uno de los parajes más bellos de la Zona Media. 
La hierba mojada ilumina nuestro calzado. 
Los encinos, quejigos y, sobre todo, bojes forman una pared tan tupida que impide ver los campos.


Despacio, saboreando el trayecto, atravesamos un túnel vegetal que nos deja en línea con las encinas monumentales. 



Las encinas catalogadas son cinco, pero hay un sexta que por nosotros, también hubiera sido declarada. 


Arboles viejos, centenarios. De grandes copas y extensos ramajes. 


Situados entre dos piezas de cereal, han sobrevivido a fuegos, guerras y al hacha. 
La ruta nos lleva a un pequeño bosque de quejigos jóvenes. 



El roble seco y su "hijo" son sus guardianes.
La mañana sigue fría. A ratos hay que ponerse las capuchas porque la fina llovizna va y viene a su antojo. 
Las piernas responden mejor de lo que pensábamos, así que Juanjo propone salirnos del recorrido y visitar los dos bosques de robles. Él los conoce bien por su afición a la micología y nos dice que merecen la pena. 
Cruzamos los puentes de la autopista y de la carretera y nos adentramos en el primero de ellos. 


Es un bosque limpio y espacioso. 
Son las 10,00 horas. Buscamos un acomodo y almorzamos. 
El suelo está totalmente alfombrado de hojas. El boj ha cedido el terreno a los enebros que compiten con alguna pequeña mata de espliego. Las setas abundan entre la hojarasca. 


Típico de la Navidad en los pueblos de nuestra merindad fue salir a pedir el aguinaldo, poner en el fogón de cada hogar un tronco grande, al que añadían otros menores, representando a los familiares, y acudir a la misa de gallo. Angel Indurain Comín nacido en 1880, llegó a ver en la parroquia de Olóriz a unos pastores, vistiendo espaldero, polainas y morra, animando la misa con panderetas.

El víspera de Reyes tenía especial sabor. Una vez que los niños, armados con esquilas y cencerros, habían recorrido las calles, toda la familia, incluso los criados, tomaban asiento en torno a la mesa. La dueña tenía preparadas dos tartas; guardaba en una el haba grande, y en la segunda, otra más pequeña. Partido el postre por el amo, repartía los trozos entre hombres y mujeres. El agraciado con el haba era proclamado rey o reina, con rito foral, enraizado en el del “Chico Rey de la Faba” practicado por los monarcas Evreux. Repicaban almireces en puertas, balcones y ventanas, gritando vítores al rey y la reina. (J. M. Jimeno Jurío)(Al airico de la tierra)


Dando una vuelta, cruzamos de nuevo los puentes y caminamos un trecho por el camino que va junto a la autopista. 
Donde termina una pieza, hay un camino que gira a la izda. Lo tomamos. 


Este segundo bosque aún es más bonito que el primero. 
Entramos. 



Es un lugar con encanto. Paseamos entre los robles asombrándonos de lo que vemos. ¡Tan cerca de todo y tan escondido!
La orilla del barranco tiene peligro de verdad. Las aguas, cuando bajan enfurecidas, se han comido parte de la ladera y hay que andar con cuidado. 
Por el camino blanco que está junto a dos corrales, nos acercamos al punto que enlaza con el recorrido de Sergismundo. 



Entre las dos piezas, con la Peña de Unzué en el horizonte, volvemos por la ruta que hemos llevado hacia las encinas. 



Pasamos de nuevo por el túnel vegetal y desandamos el bonito camino de ida. 
Al llegar a la carretera torcemos a la dcha. Aún nos queda algo interesante de ver. 
11,00 horas. Lavadero. 



Al contrario de lo que vió Sergismundo, los dos caños echan una buena cantidad de agua. La pila de lavado está rebosante. Rehabilitado y bien conservado, es una visita obligada si se viene por estos parajes. 
11,10 horas. Volvemos a Oricin. Nos acercamos a la iglesia, que está cerrada, y damos una vuelta por sus calles. 




En la casa palacio hay un bonito escudo. 
Un muchacho joven llega con su coche y nos dice que es el dueño. 
Le contamos nuestro paseo y nos habla de dos senderos. Uno que lleva a Olóriz y que pasa junto a un antiguo castro celta, del que habla Armendáriz Martija, y otro que lleva a Echagüe. 
Le aseguramos que no tardaremos mucho en conocerlos 
Volvemos para casa. 
Al final hemos hecho casi el doble de kilómetros previstos. Y ha merecido la pena.