martes, 24 de julio de 2012

Las cinco presas del Cidacos




Domingo, 22 de Julio de 2012
Hoy salgo al campo solo. Mis acompañantes, por unas u otras razones, no pueden venir, así que como suele decirse "el buey suelto, bien se lame".
Cuando uno no sabe bien a dónde ir, puede ir a cualquier sitio porque, aunque parezca una fantasmada para los que no son de Tafalla, nuestro término tiene "recursos ilimitados".
Nuestro humilde y entrañable Cidacos tiene cinco presas que han servido, y sirven, para disfrutar de una huerta que es la envidia de los forasteros. 
De N. a S. son éstas las presas: La de Azpilicueta (conocida popularmente por la de Pericueta); la del Cascajar (que es la de Recarte); la de Ereta (a la que todos llamamos la de la Estación); la de San Andrés (más conocida por la de Los Frailes) y la de Almoravit (a la que los hortelanos llaman la de los Martes porque ese día, desde la Edad Media, estaba permitido regar a los de Tafalla). A visitar estas cinco presas me voy a dedicar esta mañana. 
Son las 08,00 horas. Magán marca 18º y la farmacia 17º. Está de cierzo. En el cielo, los cirros se alargan hasta tocar el horizonte. El día está estupendo para andar. 

Llego a la rotonda del 1043 y, por la acera del campo de fútbol, cruzo la carretera para llegar a la Presa de los Frailes. 


Son las 08,10 minutos. El agua está remansada. El cauce, limpio y amplio, me trae recuerdos de aquellas aguas negras que producían un hedor insoportable. Antes de hacer la depuradora de Olite, los colectores de Tafalla desaguaban en las Adoberías. En los meses de invierno, la presa saltaba y los pueblos que se encuentran aguas abajo tenían que apechugar con nuestros "recados"; sin embargo, cuando llegaba el verano, el Cidacos como ahora languidecía, pero la población seguía abriendo el grifo y tirando de la cadena. 
Por un momento dudo si cruzar el río por el borde de la presa o bajar por la carretera. Me decido por esto último. 
En dirección S., entre las dos rotondas, voy por la orilla del Quiñón. Algún día me meteré por sus caminos hasta llegar a la orilla del río y poder hablar un rato con los hortelanos. 


El barranco del Abaco, seco y lleno de vegetación, ofrece un aire de modernidad con su paredes rectas de cemento. 
Al pasar el puente de la autopista, tomo el primer camino a la izda. y me adentro en Gerón. San Gregorio, desde lo alto del cabezo parece mantener , por encima de la autopista, una animada conversación con las Cuadras de Garro, interrumpida frecuentemente por el ruido de los camiones. 
Continúo por el amplio camino. A mi dcha. la fábrica de Luzuriaga y a la izda. el campo en rastrojo. 
Al llegar a la primera curva dejo el camino y por la orilla de la pieza encuentro la senda que baja al río. 

Son las 08,45 horas. Estoy en la Presa de Almoravit. Había pensado volverme desde aquí y cruzar el río por la pasarela, pero ahora prefiero pasar al otro lado y caminar un rato por las cercanías de los Pozos del Escal. 
Han puesto maíz y los aspersores riegan sin parar. El cierzo juguetea con el agua y en el camino se van dibujando formas redondas como si fueran las sombras de las nubes.
Camino en dirección N. y llego a la Recueja. Mientras avanzo voy mirando en el interior de los huertos por si se encuentra el amigo Juan Mari. Tenemos un almuerzo pendiente para antes de Fiestas, que lo celebraremos en memoria del Malvado Chanforrín. 
Como no lo veo, continúo mi camino. 
Para evitar dar una vuelta grande atravieso un rastrojo y salgo al camino que va entre el río y los huertos de Larrain. Enseguida llego a la plaza de toros y por la acera de estación del ferrocarril llego nuevamente al río.





Presa de la Estación. Son las 09,25 horas. El nivel del agua está bajo. El Pozo Redondo es un pequeño charco rodeado de vegetación. El Cidacos es un superviviente de los veranos secos y calurosos. Por encima de la presa lo cruzo y continúo hasta la plaza de José Menéndez. 


"LA GRAN RIADA. El día 23 de Septiembre de 1943, una tormenta de agua se abatió sobre la ciudad y toda la cuenca del Cidacos. Fue algo terrible: cayeron mares de agua sobre Tafalla, la Valdorba, Olite, San Martín de Unx... El río Cidacos fue incapaz de avenar aquella tromba de agua que se le vino encima y se desbordó en varios tramos, tanto él como sus afluentes, barrancos, acequias del regadío, el alcantarillado... ¡todo!. La Avenida de D. Severino, la Plaza de Cortés y las calles de la Estación y del Lavadero eran auténticos ríos. Tal fue el ímpetu de la corriente que arrancó los pretiles del puente de la estación, arrastrándolos más de 100 metros, aguas abajo. 
Todos los locales comerciales de la parte baja de la ciudad resultaron inundados por el agua y el barro, las pérdidas fueron de siniestro total. La huerta anegada en su totalidad y las tapias destruidas por la corriente. 
El amigo Jesús Cárcar (Zaragoza) lo dejó escrito en sus "Memorias". Él vivía en una planta baja en la calle del Lavadero y en su casa el agua subió metro y medio. Tanto él como su familia tuvieron que saltar una tapia para pasar a la casa de Ruiz (el Lechero). Zaragoza nos cuenta que su propia vida corrió peligro cuando, al intentar saltar la tapia quedó enganchado en una escarpia que sobresalía de la pared y que su abuelo Toribio se sacó el hombro al caer... A Jesús ya le había afectado la riada del año 1935, cuando siendo un nene de un año la Guardia Civil lo rescató junto a su madre de aquella misma planta baja. Quizá, por eso, por estar su vida en peligro en las dos ocasiones, después se decidiera a vivir en la Peña. 
No hubo desgracias personales, pero las pérdidas fueron enormes y el pueblo quedó sumido en la miseria. La ruina fue total. 
Se dijo que de Madrid salía un tren con alimentos y ropas, que todavía está por llegar. Las ayudas prometidas por la Diputación también se quedaron en promesas. Mas nuestra Ciudad, sola, con su tenacidad y muchísimo trabajo saldría adelante y superaría esta durísima prueba. "Tafalla es mucha Tafalla".
Al día siguiente, pasada aquella horrible noche, las aguas del Cidacos volvieron a su cauce y tres días más tarde el río volvió a secarse. Ironías de nuestro "Cidaquicos". (Juan Carlos Lorente Martinena)(Tafalla siglo XX. Primera mitad)


Por el "paseo marítimo" me encuentro con algún conocido que ha sacado a pasear al perro. En el pequeño parque, junto a la escuela infantil, dos sudorosos corredores hacen sus últimos estiramientos antes de irse a la ducha. 
Cruzo la carretera y por la calle Baja Navarra me voy a Recarte. 





09,45 horas. Por la presa no baja agua. Cruzo el río y en una mesa de la orilla, a la sombra de los plátanos, hago la parada del almuerzo. El cierzo se enfila en el cauce y me obliga a ponerme la chaqueta. Juan Martín Recalde y su mujer también cruzan el río para ir a su huerto del Congosto. Hablamos un rato. En un gesto de civismo que les honra, se agachan junto al caño de la fuente y retiran la basura que otros han tirado. 
Termino el almuerzo y me adentro en el Congosto. Algunos huertos los conozco. El camino muere en la tapia del huerto de Zabaleta. Por su parte  izda. serpentea una estrecha senda que me lleva hasta la bajada a la presa de Pericueta. 






Son las 10,00 horas. Como es natural en esta época, la presa no salta. El agua llega hasta el borde. 











Este lugar tiene un halo casi misterioso. Si dejas volar la imaginación te puedes encontrar en un riachuelo tropical. La estrechez del cauce y la vegetación exuberante son el decorado de esta fantasía. 
Una garza que estaba tranquilamente picoteando en los charcos se asusta y levanta aparatosamente el vuelo. Sorprendido, vuelvo a la realidad de nuestro Cidacos.
Cruzo la presa y, orillando unos huertos, salgo al camino viejo de Pueyo. Vuelvo para casa. 




Al llegar de nuevo a la Presa de Recarte me detengo para hacer una foto. En el otro lado, un pescador sentado en su silla me saluda. Me dice que sólo ha pescado tres barbos. Dos los ha tirado al agua y el otro, el mayor, lo tiene metido en una bolsa de plástico para enseñárselo a su mujer, porque si aparece en casa de vacío igual se piensa que se ha pasado la mañana en el bar. 
A las 10,30 horas entro en el pueblo. 
El río me ha transmitido sensaciones distintas a cualquier otro domingo. Merece la pena dar una vuelta por las orillas del Cidacos. 


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