miércoles, 16 de junio de 2021

La borda de Ajúriz




Domingo, 13 de junio de 2021

Desde hace ocho meses tenemos una espina clavada con la borda de Ajúriz. 
El 13 de octubre del año pasado pensamos que la habíamos encontrado y,Sergismundo, tan diligente, nos sacó de nuestro error: a donde habíamos llegado era al Corral Nuevo. 
La borda quedaba mucho más metida en el bosque. 
Hoy, a pesar del calor, vamos a ir a buscarla partiendo de otro lugar. 
Esperamos dar con ella porque Sergio, basándose en unas fotos antiguas del Sitna, nos envió las coordenadas. 
Son las 08:30 horas. Estamos aparcados en el parque eólico de Echagüe y listos para lo que nos depare la mañana. 
El día está despejado. El termómetro, a estas horas, ya marca 20º. 

Dios te de salud y gozo, y casa con corral y pozo. 

Vamos a pasar calor. Pero ya sabemos: agua, crema solar y sombrero. 
Comenzamos a subir la pista blanca que nos llevará al molino nº 16.



Juanjo, con las coordenadas de Sergio, ha trazado una ruta y hoy es él quien nos guiará durante toda la mañana.
Caminamos sin prisa, saboreando el paisaje. A nuestra izda. la borda de Lepuzain y todo el misterio de un bosque increíble de hayas y bojes que alberga tesoros como la fuente de Iturrioz o el árbol de la culebra. 
Y a la dcha. los valles de Sorgiñarán y Ajúriz. 
La hierba está fresca y tierna. 
El arbolado convive pacíficamente. 



Un viejo acebo se hace sitio entre las hayas y los bojes. 


En el molino nº 16 tomamos un camino viejo que desciende en fuerte pendiente. 
Bajamos. 
Atravesando una alambrada nos adentramos en la zona boscosa.
Vera, la galga, se queda al otro lado y mira escéptica el cercado. Ante la disyuntiva de quedarse sola, se agacha y, estirándose, continúa a nuestro lado. 



El viejo camino tiene tramos mejores y peores, pero es un placer recorrerlo. 



Cuatro robles centenarios nos reciben con sus enormes ramas extendidas. 
En sus cortezas muestran la fortaleza de su especie. 
Nuestros gps nos avisan de que es el momento de dejar lo fácil para internarnos por el bosque en busca del despoblado. 
Todo consiste en llegar, aprovechando sendas de animales, hasta donde encontraremos la borda. 
La alta hierba alberga plantas de lo más variado.


Junto al Gamón Común


podemos encontrar los más hermosos lirios


sin olvidarnos de la orquídeas. 




Un viejo roble, seco y desnudo, parece salir en nuestra ayuda: 
"Aunque no lo veáis, estáis muy cerca. Seguid unos tubos de goma para el agua y encontraréis lo que queda del despoblado".

Avanzar por el interior del bosque no es fácil. 



La maleza y las ramas de los árboles nos obligan a pasar incluso de rodillas. 
Otras veces debemos sortear los troncos tumbados echándonos sobre ellos. 


Encontramos una tapia de piedras. No sabemos si corresponde a un pequeño embalsamiento o a un refuerzo de las paredes del barranco. Estamos cerca, ¡lo sabemos!
Los gps nos indican que hay que llegar a una especie de campa. 
La maleza, los árboles y la altura de la hierba han tapado todo vestigio del claro. 
11:15 horas. Borda de Ajúriz. 



No ha sido fácil llegar a ella, pero aquí estamos. 
Un viejo cabezal de madera nos da la clave. Esa es la puerta de lo que pueda quedar del edificio. 




Con los bastones conseguimos desbrozar un trozo mínimo de pared. 




Damián se encarama en lo alto de un muro y nos dice que el interior está tan invadido por la vegetación que no se puede ver nada. 
El tiempo y la naturaleza acaban con todo. 
Sergismundo me envió un par de fotografías sacadas del Sitna en las que vemos con precisión el lugar donde nos encontramos. 
La primera es del año 1927




y la segunda de 2019




En solo dos años la vieja borda ha sido totalmente engullida por el bosque. 
Volvemos al interior del arbolado y, cobijados en la sombra, almorzamos. Hoy también nos lo hemos ganado. 
Mientras reponemos fuerzas, planteamos la vuelta a los coches. 
Dado lo intrincado del paraje, lo más práctico es regresar por el mismo recorrido por el que hemos venido.


 
Volvemos a pasar junto a las tapias de piedras. 
Volvemos a ver el viejo roble, ahora por su otra cara. 



Impresiona. 
Encontramos una senda que enseguida se pierde; atravesamos el bosque por donde parece estar más claro y conseguimos llegar a los cuatro robles. 
Estamos de nuevo en el camino. 
La vuelta es dura, penosa. Hay que subir todo lo que hemos bajado. 
El calor aprieta. 
Vera, cada vez que paramos a recuperar fuerzas, busca una sombra y se tumba. Hasta cierra los ojos. 



Pero como no hay mal que cien años dure... ni cuerpo que lo resista, llegamos al molino 16. 
La pista blanca, que tantas veces nos resulta incómoda, hoy se ha vuelto placentera. 
A nuestras espaldas, la Higa de Monreal y la Peña de Izaga nos observan con asombro. 


13:30 horas. Llegamos a los coches. Estamos cansados, acalorados y... satisfechos. 
Hemos conseguido encontrar la borda de Ajúriz. Nos tememos que el resto del despoblado no lo encontraremos nunca. 



Harina de otro Costa

por Juanjo Costa.

El último habitante del despoblado de Ajúriz, Valdorba, Navarra ( domingo 13 de junio de 2021)



 

(Todos los personajes y los hechos que contiene esta narración, excepto las citas bibliograficas, debidamente documentadas, y los topónimos, se deben a la imaginación del autor y no guardan semajanza con la realidad. )

 

1. Época antigua: Un despoblado en la Valdorba (Navarra)

 

 

A)  “Cabaña de Ajuriz

En sus inmediaciones debió de estar el despoblado de Assuriz o Ajuriz, no citado en el Libro de Fuegos de 1366. Sus collazos pagaban en 1402 pechas y diezmos a García Almoravit, según F. Idoate, afirmándose “que en dicho lugar no hay laurador habitant”. En las cuentas del recibidor de 1433, se dice que el tributo de 6 cahices, fue dado a Martín de Unzué, maestrehostal del Alfériz real, a cambio de unos palacios en Bariain. Su iglesia era del Arcediano de la Cámara en 1571.”

Toponimia y Cartografía de Navarra

Tomo XXXIX-Gobierno de Navarra-1997

 

 

B)   Mal tiempo

“Los estudios de las muestras de hielo revelan que, desde 1343 hasta 1362, los veranos fueron mucho más fríos que de costumbre. Un periodo con tantos años malos seguidos constituyó una verdadera desgracia.

El bloque principal de casas de una pequeña finca (…) proporciona evidencias de la triste historia de los últimos meses en que estuvo habitada. Los animales y las personas vivían en espacios separados que se comunicaban por medio de pasos interconectados. Cuando llegaba la primavera, los habitantes barrían los juncos y los pastos que cubrían el suelo y quitaban el estiércol de los establos. Sin embargo, los arqueólogos hallaron intactos los residuos del último invierno: hasta el último habitante se había ido antes de la primavera.

Cinco vacas lecheras habían vivido en el establo. Sus pezuñas -la única parte de la vaca que no tiene ningún valor nutritivo- estaban desparramadas junto a restos de comida en el suelo de una de las habitaciones. La explicación es que los habitantes habían desmenuzado a los animales y solo dejaron las pezuñas…

En la habitación principal de la casa, junto a los bancos y las chimeneas, se encontraron patas de liebre y de perdiz, animales que se suelen cazar en invierno. En la despensa había huesos (…) de un cordero y un becerro, y el cráneo de un gran perro de caza… Los habitantes (…) mataron primero sus vacas, luego cazaron pequeños animales y, finalmente, se comieron a sus propios perros de caza…

En la casa no se encontraron esqueletos humanos: no había cadáveres, que los supervivientes no hubiesen podido enterrar por estar demasiado débiles, ni estaba el último habitante, a quien nadie pudo haber enterrado. Llevándose consigo unas pocas [pertenencias], los granjeros de [Ajúriz] decidieron ir a otro emplazamiento. Adónde fueron y cómo lo hicieron sigue siendo un misterio.”

Adaptado del libro “La pequeña Edad de Hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa 1300-1850. Páginas 115 y 116

 

 

C)   La Peste

     “Enfermedad contagiosa y grave, causa de gran mortandad. La peste por antonomasia o Gran Peste fue la que, a partir del Extremo Oriente, donde era endémica, se extendió a Europa en 1348, al parecer por medio de un barco genovés que había recalado en Crimea. Era transmitida por las ratas, de las cuales pasaba a las personas por intermedio de las pulgas. De las tres formas en que se solía presentar simultáneamente -bubónica, pulmonar y septicémica- parece que la más difundida en España en aquella ocasión fue la bubónica, así llamada por los bubones o inflamaciones de los ganglios linfáticos que se manifestaba en las ingles y las axilas.

      

       Desde las costas levantinas de la Península el contagio se extendió hacia el interior en cuestión de pocas semanas, y afectó a Navarra a partir de junio del mismo año 1348. Su incidencia se vio favorecida probablemente por la indefensión fisiológica de la población, afectada por unos años de hambres. Las pérdidas humanas se calcula que fueron muy elevadas, en torno a un 50%.”

 

Gran Enciclopedia Navarra. Tomo IX. CAN Pamplona 1990. Página 126

 

 

 

                 

2. Época contemporánea: Un suceso en San Fermín

     El día en que Benito Valmediano abandonó el Centro Penitenciario de   Pamplona, lo primero que hizo fue ir andando, por la Avenida de Navarra, hasta el cercano cementerio de San José. Allí preguntó por la tumba de Julián Arriurdin, que había sido su compañero de celda durante el primero de los dos años y medio en los que gozó de la hospitalidad del Estado. Julián había muerto hacía un año y cinco meses, víctima de una enfermedad que ya llevaba puesta cuando entró en el recinto, hacía ya diez años. Era bastante mayor que Benito y, nada más llegar este, lo había “adoptado” bajo su tutela. A pesar de ello, los primeros meses no se habían contado demasiadas confidencias. Ambos sabían que en la cárcel uno no se puede fiar de nadie. Nunca se sabe, de verdad, quién es el otro realmente. Una vez en el recinto, preguntó a un funcionario por la tumba de su amigo. Cuando llegó a ella, rezó durante unos minutos por el alma de su amigo. Hacía frío. Era enero de 2018.

Luego, fue despacio, caminando hasta la Estación de Autobuses, donde cogió una “Tafallesa” para desplazarse hasta su casa. No había querido avisar a nadie. Quería saborear los primeros momentos de libertad solo, sin tener que hablar con sus amigos, con su hermana o con su cuñado. En la cárcel había meditado mucho sobre el sentido de su vida y, entre otras, había llegado a la conclusión de que cualquier proyecto de vida se podía torcer en un momento, y dar al traste con toda una vida. Por eso, en adelante, procuraría andar despacio y tener la conciencia tranquila. Recordó aquel dicho de Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta”.

 

Benito Valmediano había sido condenado en julio de 2015. Había acudido a las fiestas de San Fermín con sus amigos. Después de muchas horas de juerga, cuando estaban haciendo hora para ver el encierro en el interior de un local de la Plaza del Castillo, se vio envuelto en una trifulca. Un “pata”, empapado en alcohol, había intentado agredir a una chica. El novio de esta intentó ayudarla, pero el “pedo” lo había tumbado de un botellazo. Julián acudió a sujetar al energúmeno, con la mala suerte de que este se le había escurrido de las manos y se había caído al suelo, golpeándose con una mesa. Se abrió la cabeza.

 

Como es de suponer, se armó un gran tumulto. Benito no era hombre que eludiera sus responsabilidades y, sabiéndose protegido por sus amigos que mantenían alejados a los del otro para que no fueran a por él, esperó serenamente la llegada de la policía y de los sanitarios. El juez le echó la carga de la culpa a él, Al otro, que tenía una gran brecha de la que manaba abundante sangre y cuyo desmayo fue debido también a la ingesta etílica, le aplicó la eximente de embriaguez y salió libre con una fuerte multa, a pesar de tratarse de un delito de violencia de género.

 

 

La vista se celebró rápidamente. La sentencia, dos años y medio para el tafallés, que ingresó en el “trullo” el mismo día 14 en que acababan las fiestas. El contraste fue tan fuerte que los primeros días anduvo un tanto grogui, casi en estado de shock. No fue hasta pasados cinco días en que volvió un tanto a la normalidad, si es que en su situación podía emplearse ese término. Poco a poco, se fue haciendo a la rutina. Los otros presos no lo miraban mal, pues el defender a una mujer se consideraba entre los penados como una muestra de hombría.

 

Fueron pasando los meses. Benito recibía periódicamente la visita de familiares y amigos. Como se dedicaba a la agricultura, otros compañeros de oficio se prestaron a terminar la cosecha, e incluso a seguir con las labores que las tierras exigían durante su ausencia. Él optó por contratar a dos personas para que se ocuparan de sus tierras durante la ausencia. La rutina se rompió cuando una noche, a principios de diciembre, su compañero de celda, Julián Arriurdin, sufrió un ataque, parecía, de epilepsia. Rápidamente, Benito llamó al guardián y se llevaron al hombre a la enfermería. Pasaron dos días. A Benito solo le dijeron que el reo evolucionaba favorablemente.

 

Pasó una semana y Julián volvió a la celda bastante desmejorado y algo más flaco. Cuando vio a su compañero, se fundió con él en un cálido abrazo, que fue respondido de manera emocionada por este. Luego, se tumbó a descansar y permaneció así el resto del día. Aquella noche, en vez de dormir, los dos hombres la pasaron contándose sus respectivas vidas. Cuando llegó la madrugada, antes de dormir unas horas hasta el toque de diana, se habían sincerado, uno y otro, y hermanado sus vidas para el futuro.

 

Sin embargo, este no fue muy largo. Cuando llegó el mes de septiembre, Julián Arriurdin sufrió otro ataque que no superó. Murió sin recuperar el conocimiento y fue enterrado, según su deseo, en el cementerio de Pamplona, pues decía que, en su pueblo de origen, Benegorri, en la Valdorba, ya no quedaban habitantes vivos y los muertos del cementerio eran tan antiguos que no se sabía ni quienes eran. Su familia, como muchas otras de la zona, se habían trasladado hasta Tafalla, donde había más posibilidades de prosperar, en todos los sentidos.

 

Así pues, Benito se quedó solo. Sintió mucho la muerte de su amigo, pero le quedaba su ejemplo y la amistad que les había unido. Por eso, cuando le asignaron un nuevo compañero, pasados unos meses, procuró acogerlo con su mejor talante. Se trataba de un joven de veintitantos años que había caído en el mundo de la droga y que había delinquido abundantemente. Tanto que, al final, se empeñó en reincidir una y otra vez, lo que le había llevado a una condena similar a la de su compañero de celda, dos años y unos meses. Se llamaba Abel Juaristi, pero, en su caso, el nombre no iba acorde con su personalidad. Desde el primer día se mostró esquivo y agresivo. No se dejaba aconsejar ni acompañar y era pendenciero y soberbio con los demás reclusos. Muy pronto se vio solo. Benito hizo lo que pudo, que no era mucho. Llegó a la conclusión que su dependencia de las drogas era tan fuerte, que no le dejaba tomar decisiones que le beneficiaran. Parecía poseído por un “Tánatos” que lo abocaba, si no cambiaba, a un final que no parecía muy halagüeño.

 

Sin embargo, Benito no cejó en el empeño de ayudar al joven. No conseguía casi nada, la verdad, pero sabía que le quedaba algo menos de un año para salir y sabía que tenía que intentarlo. Pero nadie hacía carrera con el joven: ni él, ni el Páter que había intentado varias veces hablar con él, sin conseguirlo; ni los maestros; ni los médicos. Nada de nada. Finalmente, Benito pidió que le cambiaran de compañero o de celda, cosa que consiguió con facilidad dada su buena conducta y la cercanía de su puesta en libertad. Cuando llegó el mes de enero de 2018 salió a la calle.

 

 

3. El retorno

     La vuelta a casa le supuso una de las mayores alegrías de su vida. Poco a poco fue recuperando el pulso de su vida anterior: su familia; los amigos; el trabajo. En esa época tocaba recoger las últimas olivas (el año había sido tardano) y Benito se dio cuenta de lo gratificante que le era esa tarea que nunca, desde su niñez le había gustado demasiado. Como, aunque no era rico, tenía más que lo suficiente para vivir – la cárcel le había hecho conocedor de lo fundamental en la vida, y el dinero no era una de sus prioridades – contrató como fijos a los dos hombres que lo habían sustituido durante su ausencia. Habían resultado buenos trabajadores, lo que para los tiempos que corrían no era poco.

 

     Fueron pasando los días, que se convirtieron en semanas y, más tarde en meses. Benito iba olvidando aquella temporada pasada en la cárcel. Lo más positivo que le quedó de aquella época fue una nueva afición, la de caminar por los campos de la Zona Media. Ora solo, ora acompañado por algunos amigos que también apreciaban un buen paseo, todas las semanas dedicaba al menos dos mañanas a esa tarea. Además, en sus muchas conversaciones con su amigo Julián había escuchado de boca de este cómo ponderaba los muchos lugares de la Valdorba, que conocía muy bien como buen descendiente de esa tierra.

 

     Una mañana, hacia las diez llamaron al timbre. Era una cartera, ataviada con el uniforme de Correos, que le entregó un aviso de recepción de un envío a su nombre. Le hizo firmar el recibí y, subiendo en su moto, se alejó para seguir con su trabajo.

 

      Benito miró y remiró el impreso. Vio que el remite correspondía a la cárcel de Pamplona y decidió acudir a la oficina postal para recoger el correo. Se trataba de un sobre, tamaño cuartilla, que no pesaba demasiado. Cuando volvió a su casa, se sentó a la mesa de la cocina y procedió a abrirlo. Del interior extrajo una tarjeta con el nombre del director de la cárcel, por un lado, y una breve nota en el otro en la que se le comunicaba que el preso Julián Arriurdin había dejado el encargo de que le enviara una carta suya, pasados dieciocho meses de su fallecimiento. Como habían pasado ya, se procedía a dar cumplimiento a su último deseo.

 

      Dejó la tarjeta encima de la mesa y miró el sobre, que era normal y no llevaba nada escrito en su exterior. Lo abrió y extrajo un folio doblado, que leyó con detenimiento:







      La misiva lo sorprendió. No esperaba que, a esas alturas de la vida, hombres hechos y derechos creyeran en la existencia de tesoros, como los que aparecían en aquellos libros de su adolescencia. Agradeció y se emocionó un tanto con las últimas muestras de cariño y dejó correr los recuerdos durante un rato. Luego, guardó la tarjeta y la carta en el cajón de su mesilla. Más adelante, ya pensaría qué hacer con ellas.

 

4. La Tormenta

     El año 2018 siguió su curso. Benito se había reincorporado ya, por completo, a su vida y quehaceres cotidianos: trabajo, familia, amigos, paseos…

Había olvidado la carta recibida unos meses antes. La verdad es que no sabía qué hacer con ella. La cosa no habría ido más allá si no por una llamada que lo sobresaltó una noche. No la esperaba. Al otro lado del teléfono se encontraba el último compañero de celda que tuvo en la cárcel, Abel Juaristi.

 

      El muchacho había salido de la cárcel y decía que se encontraba en una situación muy precaria, pues su condición de presidiario no ayudaba a que pudiera encontrar trabajo. Quería saber si Benito le podía echar una mano. Le aseguraba que la cárcel lo había cambiado y estaba dispuesto a trabajar para él, en lo que fuera, si le parecía bien.

 

      El agricultor no las tenía todas consigo. Lo que recordaba de Abel no era muy agradable. Además, un muchacho de ciudad que no sabía nada del campo… No le daba buena espina aquello. Sin embargo, le pudo más el sentimentalismo y aquella idea de ayudarlo a redimirse y le dijo que, de acuerdo, que viniera al día siguiente a Tafalla. Tras darle la dirección de su casa, colgó. Al día siguiente, el muchacho se presentó. Hablaron. Quedaron de acuerdo en las condiciones en que iba a desarrollarse el trabajo. Incluso, Benito, dejándose llevar por su afán de ayudar al joven, le ofreció su casa. Así no tendría que preocuparse por la comida ni por el alojamiento, con lo que podría ahorrar algo de dinero.

 

      Benito tenía un acuerdo con su hermana y su cuñado. Él les llevaba las tierras que les había correspondido de la herencia de los padres y, en compensación, la hermana se ocuparía de hacerle la comida todos los días. Eso sí, el hombre comería en su casa. De las tareas del hogar, en general, se ocupaba una mujer que tenía contratada para ese menester. Al ser uno más a atender le dijo que le subiría el sueldo. Y así empezó la última parte de este relato. Los primeros meses, la convivencia se desarrolló de un modo ordenado. Conforme se aproximaba el verano, Abel fue saliendo más y más de casa. Algunas noches volvía muy tarde. Benito, al principio no le decía nada, pero llegó un momento en que se vio obligado a intervenir. El joven, cabizbajo, le pidió perdón.

 

      Y la vida siguió su curso. Cuando llegó el mes de julio de 2019, el muchacho manifestó su deseo de ir a las fiestas de San Fermín. Benito no supo decirle que no, pero le contó lo que le había ocurrido a él en aquel lejano 2015 y le dijo que tuviera cuidado. Llegó el día 6 y Abel fue a Pamplona. O así lo suponía su benefactor. El día siete no regresó. El ocho, por la tarde, queriendo seguirle la pista, el agricultor fue a recoger su documentación y las llaves del coche, que siempre guardaba en su mesilla. Cuando abrió el cajón, vio que allí estaba todo… ¿todo? En seguida se percató de que faltaba la carta de su amigo muerto. Sacó el cajón y lo revisó. Miró en los demás cajones, por si se hubiera deslizado a uno de ellos. Levantó el mueble y, en el suelo, nada. ¿Habría cogido Abel aquella misiva? Y, en ese caso, ¿qué pensaba hacer al respecto? Benito estaba desconcertado.

 

      Alrededor de las cinco de la tarde, se decidió a ir a la capital y preguntar en la Policía Municipal y hospitales por el joven, pero cuando se disponía a salir, observó que el cielo estaba completamente negro. Parecía de noche y llovía a cántaros, así que tuvo que desistir de su empeño y se quedó en casa. Intentaría hacer las gestiones por teléfono. Transcurridas tres horas, seguía lloviendo a mares y él no había averiguado nada. A eso de las nueve, se fue sabiendo que la tormenta era de las que hacen época. Desde el verano de 2016, en que se produjo un pavoroso incendio al norte de Tafalla, no se había visto desgracia semejante. Por fin, sabiendo que no podía hacer nada más y tras saber que su hermana, su cuñado, sus sobrinos y algunos amigos a los que llamó estaban bien, se fue a dormir.

 

      El día 9 de julio era sábado. Amaneció un día despejado y con la atmósfera limpísima. La ciudad no lo estaba tanto. Benito salió de casa y fue viendo, por doquier, los destrozos que habían ocasionado la tormenta y el río Cidacos: barro, jasa, muebles destrozados, género de las tiendas desparramado por las calles… ¡parecía un paisaje después de la guerra! La gente, en la medida que le tocaba, comenzaba a limpiar. Otros muchos se arrimaban a echar una mano. También Benito. Se puso ropa vieja, se, calzó unas katiuskas se puso unos guantes y fue a lo de un amigo, a echar una mano. A mediodía volvió a su casa a comer. Vio que Abel no había vuelto. Tampoco había llamado. No sabía que pensar.

 

      Estaba medio amodorrado en el sofá en el que solía reposar tras la comida, cuando sonó el teléfono. Le llamaban de Pamplona, de la morgue del Hospital. Hacía dos horas que los bomberos habían trasladado a esas dependencias el cadáver de un hombre joven, lleno de barro, irreconocible. En uno de los bolsillos de su pantalón habían encontrado una tarjeta con su nombre y dirección, por eso le llamaban. También le dijeron que llevaba una hoja de papel, una carta escrita a mano, con un croquis dibujado. Correspondía al lugar despoblado de Ajúriz, en término de Echagüe, Valdorba. Por último, le comunicaron que habían encontrado al muerto, ahogado en el embalse de Mairaga y le preguntaron si él sabía algo.  Benito no podía articular palabra. Sí que sabía; lo sabía todo: dónde estaba Abel, por qué había desaparecido la carta de su amigo y que el muchacho no estaba en Pamplona. Había ido a buscar un tesoro. Pero, por lo visto, no había leído el final de la carta: “únicamente, ten en cuenta un aviso: no vayas nunca en día de tormenta”.

 

¡Buen camino!

Vale.





 

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